SEXTA ESTACIÓN
Fluye sangre de tus sienes
hasta cegarte los ojos.
Cubierto de hilillos rojos
el morado rostro tienes.
Al contemplar cómo vienes,
una mujer se atraviesa,
te enjuga el rostro y te besa.
La llamaban la Verónica
y exacta tu faz agónica
en el rostro queda impresa.
Si a imagen y semejanza
tuya, Señor, nos hiciste,
de tu imagen me reviste,
firme a olvido y a mudanza.
Será mayor mi confianza
si en mi alma dejas la huella
de tu boca, que nos sella
blancas promesas de paz
de tu dolorida faz,
de tu mirada de estrella.
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