UNDÉCIMA ESTACIÓN
Por fin en la Cruz te acuestas:
Te abren una y otra mano,
y un pie y otro soberano,
y a todo, manso, te prestas.
Luego, entre Dimas y Gestas,
desencajado por crueles
distorsiones de cordeles,
te clavan crucificado,
y te punzan el costado,
y te refrescan de hieles.
Y que esto llegue es preciso;
y así todo se consuma.
Y a la carga que te abruma
el cuello inclinas sumiso.
“.-Conmigo en el paraíso
serás hoy”, al buen ladrón
prometes, tierna lección
la de tus palabras ciertas:
Toma mis manos abiertas.
Toma mis pies, tuyos son.
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